La Universidad Siempre. Marino Marcuzzi, la disciplina como norma. Por Carlos Guillermo Cárdenas D.

mar 31, 2016 Sin comentarios por
Con la candidez que acompaña al niño, abordó el vapor  cargado de inmigrantes europeos  que ancló en el puerto de la Guaira (1952). Su padre Décimo Marcuzzi había adelantado el viaje en la búsqueda de oportunidades. El niño que había nacido en la ciudad luz parisina fue llevado de meses por su madre a Italia. Aprendió las primeras palabras de la lengua materna. La niñez escolar trascurrió en la Italia de la postguerra. Duras y difíciles faenas para un niño que con ambiciones, comenzaba a vislumbrar los obstáculos del país que sucumbió en las ruinas. En ese afán y, tal vez atraído por la presencia paterna en el nuevo mundo, llegó a la ciudad  de los techos de tejas y de aleros protectores.
Sus comienzos fueron rudos, el pico y la pala fueron los instrumentos más accesibles. Luego vendrían los contratos y las empresas. La constitución de una familia con tres hijos profesionales. En ocasión le escuché: “El obrero soy yo, los profesionales son mis hijos”. De joven conoció al que más tarde fue José Humberto Cardenal Quintero, quien le buscó ingreso en el Colegio Jesuita San José de Mérida y en el Seminario.
Adquirió terrenos para construir viviendas cómodas y modernas. Fue contratista de instituciones públicas. Constituyó sus propias empresas Inversiones Marcuzzi y Concretera Tabay en la Mucuy Baja, con la producción de 15 items del ramo de la construcción.
Hombre de disciplina estricta en la vida laboral con reconocimiento del mérito al trabajo del subalterno, acepta el error prontamente y ofrece disculpas como recompensa. Marino ha sido hacedor de la Mérida moderna y citadina. Ha contribuido con modestia al engrandecimiento del patrimonio de la ciudad. Ha sido un ciudadano probo y ejemplar.
Carlos Guillermo Cárdenas D.
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