¿Qué vamos a hacer? Por Ángel Nazco García.

dic 26, 2016 Sin comentarios por

Una de las preocupaciones del francés René Descartes (1596 – 1650), responsable del “cogito ergo sum”, traducido como “pienso luego existo”, era el saber si estaba despierto o dormido. Años después, al holandés Baruch Spinoza (1632 -1677) le preocupaba el poder discernir entre las ideas verdaderas y las ficticias. Y el español Don Miguel de Unamuno (1864 – 1936), en su novela Niebla, “(…) así, sin término, devanando la madeja de nuestro destino, deshaciendo todo el infinito que en una eternidad nos ha hecho, caminando a la nada, sin llegar nunca a ella, pues que ella nunca fue”.

El ciudadano venezolano, aquel que entiende que camina por senderos de desgracias, aquel que sufre el robo que le han hecho en su pasado, el cual se inició antes del gobierno de Carlos Andrés Pérez, y más atrás hasta Colón, o sea, desde siempre, y continuó con Rafael Caldera, sufrimiento ahora una extrema carencia  en los tiempos del chavismo,  pretendiendo seguir hacia el inexistente infinito; quizá lo que quiere ahora es decirle a Descartes que mejor sería estar dormido y despertarse de esta horrible pesadilla, o, mejor aún, no pensar y así negar su existencia; o pedirle que elabore un “método” que les conduzca hacia el final de este tortuoso camino y al inicio de otro lleno de parabienes, y no importa si el camino es largo y está lleno de flores, serpentinas, golosinas y colores, ¿un sueño?, y que de ese sueño mejor sería no despertar. Pero, “tengo hambre, ergo sum”. El ciudadano, que no sufre de “anorexia”, con su nuevo aspecto  macilento, delgado,  le diría a Spinoza que también, quizá sí, desearía que sus pensamientos, su existencia, sean ficticios, fantasiosos como la mente de Miguel de Cervantes o de Gabriel García Márquez, como  veinte veces El Quijote  o cien veces Cien años de soledad, así de largo sería imposible de leer, ya que él, realmente, no ha podido hacerlo una sola vez, lo que le haría veinte y cien veces mentiroso; y es que algo de culpa tenemos, porque eso de “moral y luces son nuestras primeras necesidades”, palabras del Libertador, no ha dejado de ser una quimera, porque eso no genera comisiones y nada de eso le ha pasado a nuestro pueblo, pero no importa, seguir asumiendo esta existencia como verdadera sería como aceptar  morir lentamente y de verdad, impulsados a esa nada de Unamuno aunque no lleguemos a ella por inexistente.

Llegado a este punto, un amigo que leyó mi artículo, lo ha criticado por ser “deprimente”. ¿Será deprimente para los que se han suicidado por no soportar la actual crisis existencial, para los presos políticos, para aquellos que no logran conseguir el sustento diario de su familia, para los que sufren la angustia por la pérdida de la  esperanza, para tantos otros que sufren un día y otro también?

¿Qué vamos a hacer Siria? Si ya tenemos el alma perforada como las paredes de las viviendas de Alepo, no por el dolor causado por las balas y la sangre que ha derramado tu pueblo, es por otro tipo de sufrimiento.  Los testículos y los ovarios se nos han arrugado y sólo nos queda fuerza para permanecer de pie y perder las “Mil y una noches”, más todas las horas de todos los días, haciendo colas para conseguir un mendrugo de pan, y nuestro ciudadano, que cree estar perdido, también hace otra cola para conseguir un nuevo camino para su vida y le ha tocado detrás de un señor delgado con pinta de gringo, que lleva años buscando, llamado Charles Lindbergh. Mientras, todos los ojos de aquella inmensa cola miran con odio impotente, cosa rara del odio,  los colores rojos que van y vienen montados sobre un ruido, blandiendo pistolas y metralletas,  y solo sentimos nuestra parálisis,  y es que el alma nos frena y nos aferra a la vida por el dolor de la madre, y de los hijos, y el tuyo que también es mío, por el dolor de todos. Sin embargo, tanto va el cántaro… todo tiene su fin, el dolor se puede transferir.

Ya no quiero dirigirme a quienes detentan el “poder”, ese poder de sillón y alocución y de no hacer nada que nos muestre una salida a esta crisis existencial, salvo apropiarse del destino ajeno, y no quiero escribir más palabras  porque, al menos, ellos sí saben lo que tienen que hacer y lo ejecutan, y muchos son sus seguidores, y quizá no sufran pues no les veo llorar. Mientras, la Asamblea, exponente de una oposición que ya pierde credibilidad y confianza, que no han sabido ni podido hacer respetar la Constitución, y los dignatarios extranjeros que nada tienen que perder, están todos expuestos a la patente realidad de la corrupción y de la cual, por cierto, “ser humano al fin”, no se escaparán, y es que si somos dueños de ella desde el mismo inicio de la Conquista, porqué vamos a pensar en exclusiones, pero mientras ésta no alcance sus almas, ¿se puede saber qué piensan hacer? Yo no, tú. Tú, el de la Asamblea, que has asumido esa responsabilidad, o tú, miembro de las Fuerzas Armadas que tienes la responsabilidad de proteger a ese pueblo que se siente abandonado, o ustedes, funcionarios del gobierno, hombres y mujeres que parecen vivir en el limbo, que han perdido el horizonte. ¡Está bien ya! ¿Qué van a hacer? Eso sí, podrían, al menos, ser sinceros y responder: ¡No vamos a hacer nada de lo que ustedes desean! ¡Nada de nada! Y entonces el pueblo ya puede comenzar a dejarse llevar por la inercia hasta el final, a esa nada inexistente; o quizá algunos decidan salir corriendo por las fronteras, para poder morir más allá, no sea que el gobierno, pródigo en leyes, decreten la “prohibición de morir” en el país, al estilo “Las intermitencias de la muerte” de José Saramago, y otros, los más valientes y ya desprendidos del mencionado dolor, se pongan a cazar pajaritos de un solo color ¿Qué van a hacer? Ofrezcan al pueblo una explicación convincente. Queremos saberlo para ver si vale la pena seguir pensando, si aún no es tarde, si no hemos dejado de creer.

“Para los pueblos, vivir sin propia gloria equivale a vivir sin propio pan; y la mendicidad es degradante”. Eduardo Blanco.

Ángel Nazco García.

 

Ángel Nazco García, Firmas
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