REFLEXIONES. Un diario a voces. Por Angélica Perozo Piña.

feb 04, 2017 Sin comentarios por

Un diario a voces

- ¿Qué tal amigo? Tanto tiempo sin vernos. Ven, que sólo tengo un momento y aprovecho para contarte algo: ¿Te acuerdas de nuestro común amigo: Arturo, con quien solíamos encontrarnos al salir de clases?

- Sí amiga, claro, Arturo. Él siempre llevaba una bolsita misteriosa en la que nunca supimos lo que guardaba.  Lo mismo le pasaba a Rodolfo, ¿te acuerdas?, tenía unas mañas tan raras que sólo su madre las entendía.  Por cierto, al cuñado de Rodolfo lo operaron hace poco.  Por fin descubrieron lo que tenía, ya la familia no encontraba qué hacer.  Su hermana Inés, la que siempre sacaba a pasear los perros, me contó el otro día que todos estaban muy contentos porque por fin Rodolfo estaba volviendo a ser el de antes. La familia se había venido abajo con tantos problemas y encima el asunto económico.  Después de lo que tuvieron que soportar en la empresa, con el desfalco que les hicieron mientras ellos confiaban en su administrador: el hijo de don Rafael, el de la carnicería…  Es que casos como el de esa familia ocurren con más frecuencia de lo que pensamos. ¿Tú supiste lo de los Pedrales, los vecinos de Julito, el que siempre estaba con Fabricio, el hijo del profesor de inglés? Pues resulta que esa familia terminó dividida en dos.  Y la política también hizo lo suyo, socavando los problemas que ya habían tenido que afrontar, como si ya llevaran poco. Al final, los gemelos quedaron cada uno en un lado de aquella división.  A uno de ellos lo vi en casa de Felipe el día del cumpleaños de Marta.  Nunca me pierdo esa fiesta, siempre ha sido el mejor momento de encuentro de los amigos de toda la vida.  Y la comida que había en el cumpleaños estaba mejor que nunca.  Hasta Pablo, que siempre se queja de todo, no hacía más que elogiar la esmerada atención de los anfitriones y el maravilloso menú que prepararon para ese día.  Ni punto de comparación con el reencuentro que festejamos el año pasado en la casa de la playa de Ricardo, el primo de Esteban, que siempre se colaba en nuestras movidas y al final terminó siendo uno más de nuestro grupo.  Pues te diré que Ricardo terminó casándose con la novia que tuvo en aquella época en la que hacíamos las excursiones a las montañas.  Su nombre creo que era Luisa, ¿te acuerdas? que tenía una hermana que estudiaba enfermería y fue la que atendió a Ernesto cuando se cayó de la bicicleta mientras la estrenaba después de su cumpleaños. ¡Quién se lo iba a imaginar!… Y para imaginación, la del hijo de doña Diana, la costurera que siempre nos ayudaba cuando preparábamos aquellas fiestas de carnaval que también hacíamos en la casa de Ricardo.  Pues su nombre no lo recuerdo, pero hasta famoso se ha hecho con los diseños extravagantes que se la pasa inventando.  El otro día vi un reportaje que le hicieron en la televisión y si lo vieras, está igualito, ni engorda ni envejece.  No como Arturo, que entre lo calvo y lo gordo que está, no hay quien lo reconozca.  La verdad que la vida a unos castiga y a otros premia.  Pero a él no le ha tocado precisamente el premio.  Supe que enviudó, hasta eso le ha tocado pasar al pobre, como si no hubiera tenido suficiente con la vida que ha llevado, nada envidiable.  Por cierto, ¿tú me ibas a decir algo de Arturo?

- Sí, bueno… pensé que me contarías mi propia historia, no sabía que almacenabas tanto en la memoria.  Para no entrar en detalles y visto lo visto, voy directo al final de lo que sería mi relato… y es que me casé con él.

- ¿Pero qué dices? ¿Cómo es que no me he enterado?

- Hasta yo me asombro de que no lo sepas.  Pero bueno, ya me tengo que ir. Él quedó en recogerme a esta hora en la esquina y ya debe estar por llegar, o tal vez ya está. Me despido… hasta la próxima…

- ¡Espera, no me dejes así! ¿Es que no me vas a contar?

- Tranquilo amigo, seguro te vas a enterar.  Ya me contarás tú…

Estela salió presurosa de aquel lugar. No quiso voltear a mirar, por si acaso la verborrea que la acababa de atrapar se le viniera pegada a las faldas.  No se fue, huyó, mientras pensaba: “Y éste qué sabrá de mí que yo aún no sé”.

A veces pensamos que la vida pasa, los momentos se viven y los recuerdos se van.  Pero no para todos. Siempre hay alguien que, más que un libro abierto, es un diario a voces.

Angélica Perozo Piña. 

www.angelicapderozop.blogspot.com

Angélica Perozo, Firmas
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