Adiós, Sofía. Por Antonio Sánchez García.

mar 13, 2017 Sin comentarios por

A Adriana y Daniela Meneses, sus hijas

Ni las escandalosas revelaciones que el Departamento del Tesoro pusiera de manifiesto, mostrando el verdadero rostro narcoterrorista del régimen imperante, ni la decisión de ese mismo régimen de apurarnos el cáliz de nuestra amargura a cualquier precio, ni siquiera la obscena complicidad de sagradas Instituciones del Estado, como sus fuerzas armadas, con el gobierno dictatorial nos ha afectado tanto como la muerte de Sofía Imber. Ni siquiera sorprendente, pues la sabíamos inminente. Tenía noventa y tres años y una vida vivida al máximo de sus inagotables y asombrosas capacidades. Esa madrugada sus hijos decidieron llevarla de regreso a la clínica, en la que acababan de darle de alta de una pulmonía, muriéndoseles en sus brazos, apaciblemente. Eran las cuatro de la madrugada del lunes 20 de febrero. La muerte, por ella tan temida como esperada, había llegado, sigilosa, para ahorrarle más sufrimientos.

 No era yo su amigo, que me hubiera encantado serlo. Era Soledad, mi esposa. Que mucho más que amiga fue como una de sus hijas. “Ni tan postiza”, la corrigió Sofía en Miami cuando Soledad se presentara como una de sus hijas postizas. Y gracias a quien tuve el inmenso honor y el gran placer de conocerlos, a ella y a Carlos Rangel, su esposo. Que en ese mi primer encuentro en Caracas a comienzos de los ochenta, un almuerzo en un restorán entonces de moda, situado en el Parque Central, a algunos pasos del museo, me deslumbró por su inteligencia, su reserva y su sabiduría. Recuerdo haber hecho una ardorosa defensa de Karl Marx frente al siniestro estalinismo en que, suponía yo, injustamente viniera a desembocar su utopía. Fiel discípulo entonces, por cierto, de la Teoría Crítica, de Jürgen Habermas y Herbert Marcuse, con quienes compartiera escritorios vecinos durante mis años pasados en el Max Planck Institut, en Starnberg, cerca de Múnich, al sur de Alemania.

 “Siento disentir” –me respondió con su habitual parsimonia. “Marx es el padre del monstruo, Stalin fue una de sus más legítimas criaturas”. Fue el empujón que acabó por convencerme de la incontrovertible verdad que se hacía carne por esos mismos días en Paris de la mano del polémico Jean François Revel, tan genial como Michel Foucault pero mucho más político, incisivo, combativo y lacerante que el escandaloso filósofo nietzscheano y quien fuera el promotor de la edición de la gran obra de Carlos, Del buen salvaje al buen revolucionario, en su versión francesa. Marx, ningún otro, era el padre de las tragedias totalitarias, de las que en América Latina no teníamos, ni seguimos teniendo la menor idea.

 Si bien sabía que llegaba con la secreta intención de avecindarme en Venezuela por un buen tiempo, a poco llegar recibí dos impactos fulminantes que me hicieron olvidar lo pasado, dar vuelta de una vez por todas las viejas páginas y asumir a plenitud el presente: Soledad Bravo y la felicidad que se respiraba en Venezuela. En donde, como en el título de uno de los guiones de César Miguel Rondón, “el sol salía para todos”. En uno de los extremos de esa felicidad se destacaban dos polos de atracción magnética: la Universidad Central de Venezuela, que me abrió sus puertas con su magnífica generosidad, y la deslumbrante vida cultural que floreaba como una eterna primavera en Caracas, la vanguardista. Se lo cuenta y no se cree. Pues en el magma más profundo de esa Venezuela de la libertad borboteaba la barbarie al acecho. Como en la obra del Nobel García Márquez, éramos felices y no lo sabíamos.

Obvio agregar que el corazón de esa vanguardia cultural y artística se debía, en gran medida, al tesón, al talento y a la incansable actividad de Sofía Imber, la gran periodista y promotora cultural que el respeto, la admiración e incluso la inevitable animadversión que genera el genio in partibus infidelis había terminado por llamar simplemente Sofía. Decir Sofía, en Venezuela, lo significaba todo. Desde luego y en primer lugar, su maravilloso museo. El más importante de América Latina y sin la menor duda uno de los más importantes museos de arte contemporáneo del mundo. Pero también la gran periodista, por entonces editora de la sección arte y cultura de El Universal y animadora del principal programa matutino de la televisión venezolana, que conducía junto a su esposo Carlos Rangel, bajo la impronta de Buenos Días.

 ¿Cuánto sobrevive de esa Venezuela luminosa, juvenil, arrolladora, generosa, emprendedora, desprejuiciada, liberal y democrática? ¿O debo agregar que los mejores amigos de Sofía eran todos, casi sin excepción, de izquierdas, anti sistema? De entonces a esta parte han hecho mutis figuras estelares de la cultura, las artes, las ciencias y la política. Desde luego, y en primer lugar, por efecto de la inexorable genética: los grandes líderes de la generación del 28, con Rómulo Betancourt a la cabeza: Luis Beltrán Prieto Figueroa, Gonzalo Barrios, Miguel Otero Silva, María Teresa Castillo y todo el discipulado de las generaciones intermedias: Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campins, Rafael Caldera, Simón Alberto Consalvi, Octavio Lepage; y grandes personalidades de la academia y la cultura: Arturo Uslar Pietri, Manuel Caballero, Alejandro Otero, Jesús Soto, Pedro León Zapata. Y más recientemente el gran escultor Cornelis Zitman. Venezolano por osmosis. Llevados como por un vendaval no sólo se han ido. Nos han dejado solos, pues ¿dónde están las generaciones de recambio, los grandes políticos, los grandes artistas que se harán cargo del legado?

 Un sismo devastador ha asolado a Venezuela. Y nos ha dejado a la intemperie. Es la obra sangrienta y demoledora de esa costra cavernaria, remanente desde nuestros orígenes en los pliegues de nuestra cultura, blindada de barbarie, salvajismo, cuarteles, caballerizas y rencor, de odio y purulenta mediocridad que no fue capaz ni quiso metabolizarse con el frágil edificio de civilidad y cultura erigido con tanto esfuerzo y dedicación por nuestros mejores espíritus. En ello pensaba al constatar la soledad en que se nos iba uno de los más grandes testimonios de la grandeza de que hemos sido capaces y, si Dios así lo quiera, que en un eventual futuro pudiéramos volver a ser capaces de construir.

 Adiós Sofía. Te echaremos de menos.

Antonio Sánchez García.

@Sangarccs

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/adios-sofia_84723

Antonio Sánchez, Firmas
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