Hacia el despeñadero. Por Antonio Sánchez García.

abr 03, 2017 Sin comentarios por

“Sentencia del TSJ nos lleva al despeñadero de la dictadura”.

Cardenal Baltasar Porras

The Latin American Freedom, 29 de marzo de 2017

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Ni Bolívar, ni el Che Guevara, ni Fidel Castro, ni Salvador Allende. El modelo del asalto al Poder al que se ha ceñido con rigurosa obediencia Hugo Chávez y su revolución bolivariana, siguiendo su ejemplo así haya sido intuitiva y espontáneamente, ha sido Adolf Hitler. Lejano arquetipo de todos los caudillos populistas del Siglo XX. Y cuyos rasgos aparecen rasgando las imágenes de todos los tiranos marxistas, Fidel Castro el primero de ellos.

Muerto Hitler y derrotado el nazismo a Fidel Castro no le quedó más remedio que abrazarse al comunismo, pero mucho antes de ser leninista fue hitleriano: lo llevó en su corazón desde que descubriera Mein Kampf, y lo convirtiera en su Biblia política desde sus años de estudiante de derecho, según consta en los testimonios de sus ex compañeros de aulas, como el cubano venezolano Valentín Arenas. Su epígono, Hugo Chávez, siguió exactamente sus pasos a partir de la crisis de la democracia venezolana, así fuera llevado en brazos primero del golpismo cuartelero y caudillesco del militarismo venezolano, que usurpara con su ya emblemático y desfachatado oportunismo el 4 de febrero de 1992, para continuar en andas del comunismo del patio, readecuado a las nuevas circunstancias pos castristas y pos guevaristas – el fracaso de la vía armada – por sus dos protectores expertos en la manipulación electorera y profundos conocedores de los entresijos de la corrupta élite política venezolana: Luis Miquilena y José Vicente Rangel. Ninguna casualidad que las dos fuerzas que hoy sostienen a la dictadura de Nicolás Maduro sean las FANB y la ultra izquierda venezolana. Amén de Cuba, única beneficiaria de nuestra tragedia.

Así, las estaciones del ascenso al Poder de Fidel Castro en los cincuenta y las de su hijo putativo Hugo Chávez cuarenta años después, fueron casi calcadas de las del genocida austriaco en los treinta: a grandes rasgos, un golpe de Estado frustrado, del que Hitler salió aterrado y decidido a suicidarte ante el estruendoso fracaso, pero sin un rasguño; dos años de cárcel casi que en calidad de turista, una relampagueante campaña electoral y la entrada al aparato de Estado a golpe de votos, matonería callejera y fanfarrias. Hacia 1925, encarcelado desde noviembre de 1923 por el llamado putsch de la cervecería en una prisión bávara, Hitler llegó a la conclusión de que el golpe no era el camino para descerrajar los portones del Poder. “El Estado moderno” – dijo palabras más, palabras menos – “no se conquista desde fuera, sino desde dentro. Primero hay que entrar en él, electoralmente, luego vaciarlo de todo contenido liberal y burgués para finalmente construir la sociedad perfecta, nacional y socialista, aria y racista. Y proceder a montar el Tercer Reino de los mil años.” Tres años después, un ex marxista que cayera rendido a sus pies como ante un semi dios, Joseph Goebbels, redondeó la idea afirmando: “iremos al parlamento y lo dominaremos desde dentro. Entonces tendremos el Poder del que tendrán que arrancarnos hecho cadáveres”. Como en efecto.

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Lo traigo a colación pues detrás de este “golpe de Estado” del sector narcoterrorista que controla los despojos del Estado que resta, está el lejano precedente de la Ley Habilitante que el parlamento alemán le concediera a Hitler dotándolo de todos los poderes, el 23 de marzo de 1933. Aún sin haber obtenido electoralmente la mayoría absoluta, incluso tras un importante traspié electoral, el empuje violento de sus tropas de asalto callejeros – las Sturm Abteilung, SA – combinado con una audacia política sin precedentes en la historia alemana irrumpió en medio de la crisis sistémica que ahogaba al débil gobierno conservador del viejo héroe militar Von Hindenburg, navegando entre la estupidez, el oportunismo y la cobardía de la élite política alemana –  para terminar recibiendo el poder bajo sus leoninas condiciones, en bandeja de plata. Ello sucedió el 30 de enero de 1933. Apenas dos meses después, aprovechando las extrañas circunstancias que rodearon el incendio del parlamento alemán provocado supuestamente por un comunista holandés, persiguió y encarceló a todos sus enemigos políticos barriéndolos del parlamento hasta culminar la faena dictando el 23 de marzo de 1933 la famosa Ley Habilitante – Ermächtigungsgesetzt – que le otorgó poderes dictatoriales extraordinarios “para salvar al pueblo alemán de los traidores”, bajo cuyo paraguas gobernó por decreto durante 13 años, montó la más feroz dictadura totalitaria conocida en Occidente, desató la Segunda Guerra Mundial, estuvo a un tris de apoderarse de Europa y del mundo entero y terminó causándole a su pueblo y a gran parte de Europa la peor tragedia bélica de su historia. Sin olvidar la persecución, encarcelamiento y asesinato de seis millones de judíos europeos. Mal contados, se habla de más de cien millones de cadáveres provocados en el Siglo XX por la siniestra combinatoria de comunismo y nacional socialismo. Extraño apareamiento que parece estar detrás de los ideólogos del régimen.

La derrota del nazismo a manos de las tropas aliadas ha oscurecido la influencia determinante de sus aportes históricos sobre la emergencia y entronización de las dictaduras de izquierdas, como las de Fidel Castro y Hugo Chávez. “El concepto de Hitler sobre la conquista del poder fue uno de los pocos elementos realmente propios y originales de su encumbramiento. En su forma de producirse, la toma del poder por los nazis sigue constituyendo el modelo clásico del avasallamiento totalitario de las instituciones democráticas desde el interior, es decir, con la ayuda y no con la resistencia del poder estatal” sancionando “los ataques por sorpresa de tipo revolucionario con otros actos que parecían sancionados por la legalidad”.

La dinámica propia de los regímenes totalitarios – expandirse, profundizarse y enquistarse en el poder hasta esclerotizarse – los conduce inexorablemente a acomodarse a las hormas sentadas por el tirano alemán, seguir su modelo y copiar sus expedientes hasta en sus más mínimos detalles. Uno de ellos, y tal vez el más importante, es el enfermizo legalismo con que disfrazó sus zarpazos contra la legalidad establecida. Es dentro de ese contexto estratégico y luego del incendio del Reichstag que cabe comprender “el decreto de emergencia Para la protección del pueblo y del Estado, que tuvo el mismo día su complemento en la disposición Contra el pueblo alemán y las maquinaciones de alta traición, y que  se convirtió “en la base jurídica decisiva para situar a los nacionalsocialistas en posiciones de dominio, y fue, indiscutiblemente, la ley más importante del Tercer Reich. Venía a sustituir el Estado de derecho por una permanente situación de emergencia.š

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La única diferencia sustancial que existe entre la Ley Habilitante que puso fin a la llamada democracia de Weimar abriéndole las puertas de par en par a la dictadura nacionalsocialista respecto de la ley que acaba de dictar el falso TSJ dotando al falso presidente de la república de poderes omnímodos y supra constitucionales, radica en el hecho de que aquella fue impuesta mediante una votación mayoritaria del propio parlamento alemán, que en un acto de auto mutilación sin precedentes decidió delegarle todos sus poderes al Führer. La decisión de Nicolás Maduro y los suyos la caricaturiza: primero crea un organismo absolutamente ilegítimo, espurio, írrito, presidido por un homicida reo y confeso,  al que le entrega un poder extra constitucional para que le otorgara poderes supra constitucionales. Una farsa sangrienta que provocaría risa si no consumara una tragedia. Dicho en lenguaje coloquial: la dictadura se paga y se da el vuelto. El parlamento no es, en este caso, el victimario. Es la víctima. La justicia brilla por su ausencia.

Quienquiera que sea el que dicta los lineamientos estratégicos de la política venezolana ha recurrido al cajón de sastre de la tiranía hitleriana para sacar un decreto cortado con las mismas e idénticas tijeras que las usadas por el tirano alemán. Usurpándole incluso el lenguaje: habla de “enemigos” y “traidores a la Patria”. Pues la ley que acaba de dictar el aparato legitimador de la Justicia del Horror del nacionalsocialismo venezolano, entregándole a Nicolás Maduro los plenos poderes para atropellar la existencia misma de la Asamblea Nacional, castrándole todas sus potestades y entregándole sus miembros de manos atadas a la cacería de brujas de sus esbirros judiciales, incluso a los de las Fuerzas Armadas, que podría terminar con los diputados opositores elegidos por el pueblo en un campo de concentración al estilo de Auschwitz o Treblinka, se corresponde hasta en los más mínimos desplantes lingüísticos con el lenguaje del legalismo hitleriano. ¿No estamos ante una copia fiel del tristemente célebre decreto habilitante que le pavimentó a Hitler el dominio absoluto sobre la sociedad alemana? ¿No se arguye el mismo supuesto derecho a defender al pueblo de los traidores que pretenden destruirlo?

La suerte está echada. Maduro, acosado por la crisis humanitaria que ha provocado, herido de muerte por la catástrofe económica que ha puesto a Venezuela al borde del abismo, acorralado por el generalizado repudio internacional y acicateado desde La Habana, ha decidido dar un paso al frente.  Ha terminado por cerrarle sus puertas a la salida política que le propone la OEA, en respaldo a la búsqueda de entendimientos de la propia oposición venezolana. Y ha puesto fin al carrusel de las complicidades, dejando a su oposición a la deriva. No tiene otra salida que saltar al despeñadero.

Antonio Sánchez García.

@Sangarccs

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/hacia-despenadero_88283

Antonio Sánchez, Firmas
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