REFLEXIONES. El merecedor. Por Angélica Perozo Piña.

abr 29, 2017 1 comentario por

El merecedor

Lo escuchaba atentamente mientras su verborrea comenzaba a inquietarme.  Sonreía muy seguro de lo que hablaba, fácilmente dejó al descubierto su perfil. Él dirigía la conversación hacia sus intereses, quería saber de mí, mientras yo esquivaba sus pretensiones y él seguía mostrando su cara más abierta.  No le dije mucho, no contrarié su exposición, quería saber qué hay detrás de la gente que se pone siempre del lado del merecer. Es que eso fue precisamente lo que identifiqué en él: se sentía el gran merecedor.

Todo lo merecía, todo le tocaba, todo le convenía, se lo asignaban, le correspondía.  Se sabía todas las leyes, sin ser abogado… Bueno, más bien se sabía todas aquéllas que le generaban alguna correspondencia, algún beneficio: social, económico, jurídico, espacial, existencial, terrenal, universal, estelar…

Su perfil merecedor reflejaba egocentrismo, mientras defendía la igualdad social y la solidaridad humana.  Cada vez me resultaba más complejo.  Parecía que el mundo debía rendirse a sus pies por su sentir solidario, pero a la vez se sentía merecedor de todas sus bondades, al punto de exigencia vital. Defendía toda ley que implicara algún tipo de asignación y calculaba con admirable afán la parte que le correspondía.

Eso no está mal, pero… También decía que somos todos iguales y lo veía rebuscar entre artilugios cualquier vestigio de similitud al verbo merecer, para llenarlo de nuevas ideas que se parezcan a las que ya están, pero que a la vez impacten por aparentar novedad y desafío. Lo observé con detenimiento mientras él insistía en su merecer y su igualdad.  La verdad que mientras más lo escuchaba y lo observaba, menos igual a él me sentía.

Lo dejé hablar, me parecía que tenía un enorme telón negro que rozaba su nariz redonda y grande.  Sus estrategias estaban pintadas en ese telón, muy al alcance de su mano.  Pero él no se daba cuenta de que hasta el telón que no lo dejaba ver, lo habían hecho otras manos, otros esfuerzos, otras ideas.  No se daba cuenta de que llevaba encima, en su ropa y en sus pies, en sus anteojos y en sus manos, los esfuerzos de otros que no pensaron en merecer, sino en generar. ¿Y si no hubiera? ¿Qué merecería? ¿Acaso el vacío o la miseria repartida entre los merecedores que queden?  ¿Y los generadores? Tendrían que estar en algún lugar: actuando, haciendo, pensando, moviendo, calculando, analizando, arriesgando, mientras él se dedicaba a merecer.

Y me quedé pensando… ¿Y si todos nos dedicamos a merecer, qué mereceríamos? Quienes se atribuyen grandes merecimientos, ¿saben acaso de dónde salen sus pretensiones? ¿Comprenderán que no hay nada que merecer mientras el inventario esté vacío?  ¿Comprenderán que esos papelitos llenos de signos y colores guardados en los bolsillos y en los bancos no se reproducen en los bosques, o en las impresoras y que sólo valen cuando hay algo que generar?  ¿Por qué ese empeño en merecer lo que no hay, lo que no está, o más bien, lo que generan los demás?  Siempre lo que hacen los demás es más fácil hasta que nos toca hacerlo a nosotros.

Él seguía hablando y mientras más hablaba, menos igual a él me sentía.  Yo prefería sentirme hacedora.  Y mis ganas de ser diferente se acrecentaban cada vez más.  Y no quería que me repitiera que éramos iguales.  Es que yo no quería ser así, sólo aspiraba poder andar por el mundo con la libertad que mis propias ansias me llevaban a buscar, con mis ganas de volar en mi cielo y con mis alas, a mi ritmo, con mi danza.  Aprender y enseñar y hacer y rehacer y construir y seguir haciendo.

El merecer puede resultar reconfortante, pero antes debe haber un hacer, un profundo hacer, que evite la degeneración del merecer.  Y es que construir el propio merecer da más satisfacción que estudiar la ruta para que, lo que no se sabe de dónde viene, llegue hasta las alforjas y las llene con un ajeno botín.  El límite entre lo propio y lo ajeno, lo particular y lo colectivo hicieron implosión en mi mente y no me dejaron pensar más.

No se lo dije, no estaba en mi mejor ánimo.  Mientras lo observaba y escuchaba, pensaba que ese prolongado merecer habría sido el que había arruinado a aquel país dedicado a dignificar la inexistencia para justificar el mal hacer de sus dirigentes, incapaces de ver más allá del mismo telón que vi en la nariz de mi contertulio, el merecedor.

Decidí que ya era el momento de irme y preferí pagar yo la cuenta.  Él se merecía mi agradecimiento por saberlo escuchar, mientras me convencía a mí misma de que no quiero ser igual a él.

Angélica Perozo Piña.

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Angélica Perozo, Firmas

Una respuesta to “REFLEXIONES. El merecedor. Por Angélica Perozo Piña.”

  1. Ángel Roberty says:

    Cada quien recibe lo que se merece.., aunque a veces sea nada !

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