NO NOS EQUIVOQUEMOS… Por Juan Carlos Pérez Toribio.

jun 11, 2017 1 comentario por

“Lo que sucede en Venezuela no es una verdadera revolución”. ¿Cuantas veces no hemos escuchado a nuestros líderes y académicos de la oposición frases como ésta? ¿Para qué sirven, o han servido, esas afirmaciones? Y, lo más grave, ¿en qué se diferencian con las que hacen algunos izquierdistas que no quieren cargar con el fracaso que ha supuesto el caso venezolano? ¿No es esta confusión interpretativa de nuestros líderes lo que propicia que las afirmaciones de intelectuales chavistas, como Nicmer Evan o Heinz Dieterich, y de funcionarios del régimen, caso Luisa Ortega Díaz,  se tomen por buenas y se aplaudan desde el lado opositor al gobierno?

Acabo de leer un artículo de nuestro apreciado amigo Ibsen Martínez  en el que señala que nuestra principal tragedia es que seguimos albergando esperanzas de que un militar demócrata y constitucionalista (un animal mitológico, dice Ibsen) nos saque de este atolladero donde hemos caído y en el cual se han perdido tantas vidas. Sin embargo hay otra tragedia que a veces pasamos por alto y que  quizás va unida a esa teología bolivariana, a ese culto a los héroes y fascinación por lo militar que nos ha perseguido desde la separación de España, y que no es más que seguir considerando que nuestros problemas se resolverán algún día mediante una revolución, un cambio radical y una subversión total de todo lo establecido.

Se podría decir que nuestra sociedad es rupturista  desde los tiempos de la independencia, desde aquel infeliz “inventamos o erramos” que acabó con la tradición y cultura española asentada en el país hasta ese momento. Un venezolano hoy en día, por ejemplo,  no sabe nada de esos 400 años que precedieron a la gesta independentista, como señaló en su momento Mario Briceño Iragorry y, más tarde, Ángel Bernardo Viso. Ese amor por la sublevación, gracias al cual aplaudimos en su día la irrupción en la escena política de un militar facineroso como Chávez, nos ha convertido en una sociedad que remeda contantemente el mito de Sísifo. Prueba de ello es que en nuestra historia hemos tenido unas 23 constituciones (muchas de las cuales obedecieron a asambleas constituyentes) y unas 14 revoluciones, entre las que destacan la Revolución de las Reformas (1835-1836), La Guerra Federal (1859-1863), La Revolución Azul (1867-1868) La Revolución Reivindicadora (1878-1879), la Revolución Legalista (1892), la Revolución Liberal Restauradora (1899) y La revolución Libertadora (1901-1903).

Esta simpatía por el fenómeno revolucionario fue reforzada en su momento por el prestigio que siempre tuvieron las revoluciones en todo el mundo a partir de lo sucedido en Estados Unidos y Francia (a pesar de todos los males de que estuvo plagada al menos la Revolución Francesa). De esta forma, entramos al Siglo XX con una cultura política rupturista que encajaba muy bien las revoluciones de corte marxista que se sucedían más allá de nuestras fronteras y que en nuestro país encontraron un campo propicio. De ahí las guerrillas y alzamientos que se dieron en el país durante los años sesenta.

Así, pues, desde que llegó el chavismo nuestras élites intelectuales y académicas se han enfrascado en que el proceso llevado a cabo por el denominado “Socialismo del siglo XXI” no ha sido una verdadera revolución, como si eso fuera un defecto. Nos hicieron creer que si algo tenía de malo el chavismo es que era una patochada y una farsa. Un error político terrible porque mientras unos creían en la lucha de clases, la promovían y se armaban, nuestros opinadores de oficio, para granjearse la simpatía popular, sólo atinaban a decir que aquello no era una revolución.

Hay que decir de una buena vez que nuestros llamados revolucionarios no creen en la ética que llaman burguesa, ni en las elecciones, ni en la democracia representativa, ni en la propiedad privada. Con esa fatal arrogancia que los caracteriza, porque ellos “sí conocen la marcha de la historia y sus leyes”, se arrogan el derecho de obligarnos a ser libres, como decía Rousseau.

Luisa Ortega Díaz 9

En fin, no nos equivoquemos. Si queremos un nuevo país debemos hacer una lectura correcta de los hechos. Así entenderemos que no seremos salvados por quienes siguen creyendo que es a partir de la insurrección  como se resolverán todos nuestros problemas. La lucha es, pues, entre revolucionarios y reformistas. Los últimos creemos que la política es la forma de gestionar pacíficamente los conflictos  (económicos, de género, étnicos, etc.), mientras los otros, ojo,  creen que la única forma de solucionar esos conflictos es por la fuerza. Por eso el recurso introducido por la fiscalía sigue diciendo que se hace para “defender el legado de Chávez”.

¡Cuánta falta nos hace en estos momentos un historiador como Manuel Caballero!

Juan Carlos Pérez-Toribio.

Firmas

Una respuesta to “NO NOS EQUIVOQUEMOS… Por Juan Carlos Pérez Toribio.”

  1. Edelmiro says:

    Excelente amigo Juan Carlos, espero poder seguir leyendo tus reflexiones.

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