Los procónsules del Benemérito. Por Elías Pino Iturrieta.

ago 13, 2017 Sin comentarios por

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Gómez impuso una forma exitosa de gobierno, que le permitió permanencia hasta el día de su muerte y aún después, si consideramos que las dos administraciones posteriores lo tuvieron como fundamento. Los mandatos de López Contreras y de Medina Angarita, pese a los esfuerzos llevados a cabo para separarse de la cuna, encontraron origen en el poder que el padre Juan Vicente estableció mientras vivía. De allí la necesidad de detenerse en los fundamentos de una autocracia tan prolongada, de una hegemonía capaz de superar la desaparición física del padre. Entre ellos destaca el control de la sociedad a través del predominio de un conjunto de hombres fuertes establecidos en las principales jurisdicciones de la república, sobre el cual se hará una aproximación en las líneas que siguen.

Como se sabe, la dictadura establecida entre 1908 y 1935 dependió del ejercicio del terror. La representación habitual de tal manera de controlar a la sociedad se localiza en una de las extremidades del tirano que estuvo más cerca de la gente común, que vivió con ella y la obligó con su presencia a permanecer en el cauce de la sumisión: La Sagrada. Hablamos de una policía política de base regional, integrada con predominancia de tachirenses y dependiente del propio Gómez o de contados superiores de confianza.

Fue un cuerpo intachable en su lealtad a la causa e inflexible en el cumplimiento de cualquier tipo de trabajos, aun los más sucios y sangrientos. Las sagradas no ocultaban su presencia, sino todo lo contrario. Eran una compañía cotidiana y ostensible, una caravana de todos los días y todas las noches que no pasaba inadvertida. El Benemérito quería que las vieran y  las temieran. Cuando las sagradas recorrían ciudades y campos, la sociedad sentía el pavor que inspiraba la presencia del individuo temible que todo lo podía desde su domicilio de Maracay, como había demostrado desde su ascenso al poder y como machacaban sus publicistas.

Pero una forma rudimentaria de mostrar y usar los colmillos no basta para comprender la redondez de la dictadura. Las sagradas fueron fundamentales para la asfixia de las contadas búsquedas de democratización que no dejaron de estar presentes entonces, pero se conformaban con representar maneras bárbaras de represión a través de las cuales no se podía asegurar un predominio duradero sobre todas las capas de la sociedad. Carecían de la capacidad de superar los límites del terror primario o inmediato que provocaban. Sus miembros apenas sabían leer y escribir. Obedecían sin vacilación, pero no tenían capacidad para tomar iniciativas políticas, ni simples movimientos relacionados con el orden público. La peinilla y la tortura se necesitaban, pero su alcance no bastaba para asegurar la paz infinita que, según se leía en la prensa oficial, buscaba la Rehabilitación Nacional. El vacío fue llenado por un elenco de procónsules sobre cuyo rol en la aplanadora gomecista se hará la descripción que sigue.

Gómez utilizó un tipo especial de empleados fieles, en quienes descansó la seguridad del régimen desde su advenimiento. Fueron aquellos que probaron su eficacia en los tiempos iniciales mediante demostraciones de fortaleza en cualquier circunstancia. Ninguna veleidad ciprianista ensuciaba sus antecedentes. Jamás figuraron en los elencos del liberalismo del siglo XIX que abrigaba el insustancial deseo de seguir en el candelero. Eran hechuras del hombre que ahora los sostenía, o sujetos mediocres cuya suerte dependía necesariamente del empleador. Pero sabían responder cartas y dictar informes para la secretaría, comían con tenedor y cuchillo, no deslucían en las reuniones del club y hasta podían pasar como sujetos prominentes y decentes  a quienes el jefe reconocía por sus méritos. Patrañas en su mayoría,  cualidades infladas, pero el inflador que vivía en Maracay los colocaba en las cúpulas regionales para que los aceptaran sin discusión. Por lo tanto, encarnaron una alternativa de control que superaba los confines policiales que se aludieron.

La función de los procónsules no se redujo al cuidado de un aspecto específico de la administración, sino al gobierno pleno de una región en representación directa del presidente. Gómez les entregaba una entidad federal para que escogieran a los amanuenses y a los policías; para que vieran de las obras públicas, de las cárceles y de las propiedades privadas, para que atendieran a las fuerzas vivas y fomentaran buenos tratos de negocios. No pocas veces su privanza fue transitoria, porque los cambiaba de lugar cuando las circunstancias lo aconsejaban. ¿Para qué? Para que repitieran la faena, porque no se debía variar una fórmula que funcionaba y permitía el afianzamiento de una autoridad que contaba con los sabuesos, pero que requería de agentes socialmente más representativos. Eustoquio Gómez, Vincencio Pérez Soto, Juan Alberto Ramírez, Silverio González, León Jurado, Timoleón Omaña, Amador Uzcátegui, José María García… se llamaron esos virreyes fijos o itinerantes.

En términos legales eran magistrados de carácter civil, pero el grado superior de militares sin academia los distinguió como individuos enfáticos en cuya presencia la gente observaba o sentía la presencia del dictador. Debido a tales percepciones, sacaron particular provecho de sus misiones. El poder regional implicó la posibilidad de tejer una urdimbre insólita para amasar fortunas mediante asociaciones destinadas a la explotación de las riquezas lugareñas. La forja de tales asociaciones fue como sigue: el presidente del Estado observa sobre el terreno las condiciones del mercado y después propone una empresa que comparte con algún representante del sitio y con una figura del poder supremo, no pocas veces el propio Gómez, o un miembro del clan o del gabinete. Con semejante trinidad de accionistas, las operaciones originaban considerables dividendos que daban asiento al funcionario, fortalecían los vínculos con los intereses inmediatos y cancelaban al jefe, o a su parentela y allegados, un generoso impuesto personal en atención a la licencia que les había concedido de administrar un pedazo de nación.

La escrupulosa contabilidad del gobierno garantizaba un honesto balance a final de año. Un hato, una compañía de transporte, una concesión de petróleo o el tráfago de solares urbanos, por ejemplo, fueron los negocios sin riesgo de una trilogía que se reiteró con frecuencia en diversos rincones del mapa. Mientras tanto, se distribuía entre la gente de cada Estado el manejo de las rentas parroquiales, en torno a cuyos ingresos giró una clientela controlada por el ejecutivo regional. Así de nuevo aumentaba su bolsa el procónsul, mientras multiplicaba en la comarca las deudas de gratitud hacia el régimen.

Un plan que no podían concretar los sagrados, desde luego, sino otro tipo de gentes más perspicaces y sacrosantas. Una manera de gobernar que, debido a su eficacia, no terminó con el gomecismo, ni desapareció durante el posgmecismo. El lector se asombrará cuando descubra la fecha de la conclusión formal de este tipo de mandarinatos, con los afeites indispensables.

Elías Pino Iturrieta.

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