Reflexiones…Mi viaje y yo, por Angélica Perozo

Recuperé mi aliento largo rato después de despegar el avión.  Desde que salí de mi mundo y volé a este nuevo espacio cada despegue duele, el pecho se aprieta, es como caer en cuenta que me estoy marchando de nuevo. Esa sensación de estar por el aire, tan lejos del punto de partida, mientras el mundo sigue girando y yo en su mismo sentido, pero más de prisa, como queriendo alcanzar lo que todavía no ha llegado. Como un viaje no sólo en el espacio, si no también en el tiempo.  Y empecé a recordar cómo comenzó y terminó esta pequeña travesía de un corto retorno a mi hogar, tratando de no pensar en el amor que se me fue y que esta vez no pude abrazar.

Había viajado desde Tenerife hasta Madrid, iba sola. Mi compañero de viaje, un señor que regresaba a su hogar, en el que se arraigó hace muchísimos años y que siente tan suyo como su vida.  Canario de nacimiento y venezolano de corazón, como tantos, que comparten dos terruños, pero aman la tierra que los acogió y siempre quieren volver a ella. Simpático, con su maleta llena de medicamentos para él y su familia y contándome historias de las que ya todos sabemos y que agobian la tranquilidad del vivir en un país que hace tiempo se desdibujó de aquél cuadro pintoresco, lleno de luz y de alegría.  Pero no quiero hablar de eso ahora, porque eso ya lo sé y hoy no lo quiero contar.

En Madrid el sobrio aeropuerto nos acogió distante, silencioso, sereno, elegante, amplio, como si no hubieran prisas detrás de las paredes, todo en su lugar, las tiendas, los puntos de información, las pantallas, la gente tranquila esperando abordar su vuelo, como si estuviera escrito todo lo que va a pasar ese día.  Hasta que llegué a la puerta para la salida al avión que partiría a Venezuela.  Todos hablaban como si cantaran, claro, el acento era muy notorio y parece que se contagia. Y todos hablaban. Terminé conversando con tres personas más, además de aquel señor que me acompañó en el anterior vuelo.  Compartimos un buen rato en la espera.

Ya en el avión, esta vez me tocó como compañero de viaje un joven francés, que viajaba por primera vez a Venezuela invitado por una amiga que conoció en París. Distante, rígido, no sé si sabía sonreír, creo que se le olvidó.  En fin. Demasiado largo ese trayecto.

Por fin llegamos a Venezuela y las maletas también, respiré.  No quiero recordar las fotos que me dieron la bienvenida. Y enseguida a empezar a nadar como un pez más en las turbias aguas de la desinformación formal y a buscar atajos informales.  Allí todo funciona mejor.  Dónde consigo un carrito para poder desplazar el equipaje hasta el terminal nacional; todavía me faltaba un vuelo. Espera uno por ahí, por donde los deja el muchacho que los trae de allá, me respondió un informante en un atajo. Pues vale. A correr entre ese punto y el de salida del equipaje, varias veces, hasta pescar uno y aferrarme a él como si fuera un tesoro.

Ahora me faltaba llegar al terminal nacional. Un largo pasillo, caminé de espaldas a esas fotos que me querían saludar, yo esa energía no la quería ni la quiero. El bullicio me indicaba hacia dónde debía ir.  Y llegué. Mucha gente simpática. Todo el mundo hablando, ¿es que acaso todos se conocen? En realidad es la necesidad de información, si no preguntas, cómo te enteras. Y es la esencia de la gente.  Parece que todos quieren comunicar algo.  Mientras me acercaba a la salida para dirigirme al mostrador veía grandes grupos de gente moviéndose de pronto de un sitio a otro, y mientras unos avanzaban, otros retrocedían, iban grupos de aquí para allá y todos atentos. Muchísima gente, las sillas no eran suficientes, muchos en el suelo. Parecía una feria.  Pero no podía entretenerme en entender lo que veía, tenía que llegar al mostrador.  Llegué, y entonces el acento de las voces a mi alrededor tenía una melodía muy particular, jocosa, alegre, graciosa, disparatada.  Ya estaba entre los míos. Era la cola para el vuelo a Maracaibo. Mi primera cola en Venezuela. De las demás no me quiero acordar. Miraban indiscretamente mis dos maletas gigantescas.  Quizá pensaban en la “mercancía” que pudiera llevar dentro (y que de hecho llevaba).  Esto lo entendí después.  Yo trataba de hablar lo mínimo pues me sentía desubicada, mientras pagaba mi exceso de equipaje con esos billetes que me resultan tan ajenos y que parecen sacados de un juego de cartas esotéricas. Trataba de parecer natural, como si estuviera acostumbrada a ellos.

Ya dentro del terminal nacional otra vez, empecé a comprender esos movimientos en masa. Eran los cambios en las puertas de salida a última hora.  De hecho a mí me pasó. E hice lo mismo que todos.  Avanzar con prisa y tratando de estar atenta a cualquier nuevo anuncio de cambio, confiando en el oído atento a cualquier timbre de voz un poco más alto que los demás.  Así se hacían los anuncios. ¿Y por qué tanta gente?  Demasiados vuelos atrasados van haciendo el espacio de espera cada vez más pequeño. Por fin, con sólo una hora de retraso y contenta de tener esa suerte, estaba en el siguiente avión. Demasiadas horas despierta como para fijarme esta vez en quién iba a mi lado.  Por fin llegué…

…Un mes después, me encontraba de nuevo llegando al terminal nacional en Maiquetía, luego de mi partida de Maracaibo nueve horas antes, por recomendaciones ante los acostumbrados atrasos de los vuelos.  Venía ahora con tres maletas, más el equipaje de mano, después de descargarlas de “mercancía útil”, en lugar de los acostumbrados regalos, y cargadas ahora de algunas de las cosas que aún me quedaron después de haberme desprendido de tantas otras.  Y ahora, cómo hacía para llevar todo eso al terminal internacional.  Pues otra vez a pescar un carrito, y resultó fácil.  Sobraron las ayudas sin pedirlas, el carrito lo negocié con una señora que lo soltaría pronto, las maletas me las bajaron de la cinta antes de pedir ayuda, y otra vez de espaldas a esas fotos, ahora con más indignación, caminé hasta llegar a la primera cola de las cinco que me esperaban antes de subir al avión: la de facturación, la de la entrada a la sección de pasajeros, la de revisión de equipaje y de cuerpos, la de emigración y la de entrada al avión. En cada cola conocí a gente estupenda, que empezaban a hablar y a sonreír, aunque todos se quejaban.  Me ayudaban con el equipaje antes de que lo pidiera, y como yo, daban la espalda a los mensajes escritos en las pantallas que no querían recibir y pasaban sin mirar esas fotos de las que salían vibraciones algo extrañas.  Conocí una pareja de Valencia, otra de Caracas, una señora de Mérida, uno de Perú.  Y finalmente en el avión, una joven de Caracas, recién graduada en la universidad y ya había dado clases en ella.  Se iba a estudiar una maestría en Valencia, España, su ilusión de prepararse saltaba en el brillo de sus ojos.  Muchacha llena de energía, de entusiasmo por superarse, hablaba como si el mundo le quedara pequeño. Qué pena que también tenga que irse a buscar su espacio donde ahora le es negado.

Comprendí en mi viaje que el venezolano que vive allá conserva su esencia, aunque muy golpeada.  Es solidario, colaborador, más desconfiado, pero le brota el carisma, la empatía.  Hay mucha tristeza, sobreviven y para ello van cada día como lo hice yo cuando pasé por aquel pasillo, de espalda a las fotos que me indignaban.  Los golpean por un lado y por otro, y ellos vuelven a ponerse en pie, y aunque cojeen, siguen adelante.  Siguen haciendo chistes de cada turbulencia, descubren cómo saltarse las trampas en el camino, siguen siendo amables, sonrientes.  La comunicación informal termina siendo el patrón que les indica qué hacer, quizá por eso hasta con los ojos hablan. La gente mira y ya sabe a quién preguntar y todo el mundo está dispuesto a informar, a ayudar, por aquí, en esta cola, ¿y aquélla para qué es?.. Esas trochas por los caminos verdes guiados por señales de gente que te vas encontrando y te va indicando por dónde seguir, se convierte en el GPS más preciado.  Mi gente maravillosa, cuánto quisiera volver a pintar con nitidez aquella Venezuela que se fue desdibujando de ese cuadro colorido, romántico, realista y mágico, para convertirse en un cuadro surrealista y abstracto, ajeno y desesperado. Melancolía en los rostros, colores grises en las calles, y un salpicante tricolor escondido detrás de los ojos que buscan desesperados un lugar donde desahogar tanta energía, tanto color apagado.  Aunque lo niegan, creo que la esperanza es lo que los mantiene firmes, las ganas de vivir y de volver a pintar con el arcoiris de su paleta, ese país de esencias, de aromas, de sonrisas, de lucha y de prosperidad. Ése que me enseñó a vivir y a valorar mi origen.  Que Dios te bendiga Venezuela. Te sigo queriendo.